Cuando el Papa León XIV decidió dedicar la primera encíclica de su pontificado a la Inteligencia Artificial, muchos se sorprendieron.
No porque la Iglesia Católica sea ajena a los grandes debates de cada época, sino porque la IA suele asociarse a laboratorios tecnológicos, empresas de Silicon Valley o centros de investigación. No es habitual que aparezca en el centro de una reflexión moral y social de alcance global.
Sin embargo, si observamos el impacto que la Inteligencia Artificial está teniendo sobre el trabajo, la educación, la información, la participación ciudadana o las relaciones humanas, la pregunta resulta evidente: ¿quién debe participar en la conversación sobre el futuro de esta tecnología?
La respuesta no puede limitarse a gobiernos y empresas tecnológicas.
También debe incluir a quienes trabajan cada día con las personas más vulnerables.
Y ahí el tercer sector tiene mucho que aportar.
Una nueva revolución tecnológica
La encíclica establece un paralelismo con la Revolución Industrial de finales del siglo XIX.
En aquel momento, la mecanización transformó profundamente la economía y la sociedad. Generó enormes avances, pero también nuevas formas de desigualdad, explotación y exclusión.
Hoy vivimos una transformación comparable.
La Inteligencia Artificial promete aumentar la productividad, automatizar tareas, mejorar servicios y acelerar la innovación. Pero al mismo tiempo plantea interrogantes sobre el empleo, la privacidad, la concentración de poder, la manipulación de la información o la creciente deshumanización de determinadas actividades.
La cuestión no es si la IA cambiará nuestras vidas.
Ya lo está haciendo.
La cuestión es qué valores guiarán ese cambio.
La tecnología debe servir a las personas
Uno de los mensajes más relevantes de la encíclica es que el progreso tecnológico no puede convertirse en un fin en sí mismo.
La innovación tiene sentido cuando contribuye al bienestar humano.
Esta idea conecta directamente con la misión de miles de organizaciones sociales.
Mientras gran parte del debate sobre IA gira en torno a la eficiencia o la rentabilidad, las ONG suelen formular una pregunta diferente:
¿Ayuda esta tecnología a mejorar la vida de las personas?
La respuesta a esa pregunta debería ser el principal criterio para evaluar cualquier proyecto basado en Inteligencia Artificial.
La dignidad humana no puede automatizarse
La IA puede analizar información, identificar patrones y generar recomendaciones.
Lo que no puede hacer es sustituir la dignidad, la conciencia moral o la responsabilidad humana.
Esta reflexión resulta especialmente relevante para organizaciones que trabajan en ámbitos como el empleo, la inclusión social, la educación o la atención a colectivos vulnerables.
Un algoritmo puede ayudar a priorizar recursos o identificar necesidades, pero las decisiones que afectan a las personas no deberían quedar completamente automatizadas.
La supervisión humana no es una limitación tecnológica.
Es una exigencia ética.
El riesgo de nuevas desigualdades
La historia demuestra que las revoluciones tecnológicas no benefician automáticamente a todo el mundo.
Sin medidas adecuadas, la Inteligencia Artificial podría ampliar las brechas existentes entre quienes tienen acceso a las nuevas oportunidades y quienes quedan excluidos de ellas.
Las organizaciones sociales ya están observando algunos de estos riesgos:
- Brecha digital.
- Falta de competencias tecnológicas.
- Sesgos algorítmicos.
- Exclusión de colectivos vulnerables.
- Dificultades de accesibilidad.
Por eso el tercer sector no debería limitarse a utilizar IA.
También debería contribuir a garantizar que sus beneficios lleguen a toda la sociedad.
La eficiencia no puede sustituir la empatía
Uno de los aspectos más interesantes de la encíclica es que recuerda que no todo lo importante puede medirse en términos de productividad.
Escuchar.
Acompañar.
Generar confianza.
Crear comunidad.
Defender derechos.
Estas actividades tienen un enorme valor social, aunque no siempre sean las más eficientes desde una perspectiva tecnológica.
La Inteligencia Artificial puede ayudar a liberar tiempo para dedicar más recursos a estas tareas.
Pero no puede reemplazarlas.
Precisamente porque son profundamente humanas.
El papel del tercer sector
Durante décadas, las organizaciones sociales han trabajado con principios que hoy resultan esenciales para el desarrollo responsable de la Inteligencia Artificial:
- Dignidad humana.
- Inclusión.
- Equidad.
- Participación.
- Justicia social.
- Defensa de derechos.
Por eso las ONG no deberían ser únicamente usuarias de IA.
También deberían participar activamente en la definición de las reglas, principios y límites que orientarán esta transformación tecnológica.
La conversación sobre Inteligencia Artificial no trata únicamente de tecnología.
Trata sobre el tipo de sociedad que queremos construir.
Una reflexión final
Quizá la aportación más valiosa de esta encíclica sea recordar algo que a veces olvidamos en medio del entusiasmo tecnológico.
El futuro no dependerá únicamente de que las máquinas sean cada vez más inteligentes.
Dependerá de que las personas utilicemos esa inteligencia para reforzar aquello que nos hace humanos.
Y en esa tarea, el tercer sector tiene una experiencia, una legitimidad y una responsabilidad que ninguna tecnología podrá sustituir.
